Piedras de mentira

Mi cuñada, que vive en Francia, me habló de “La revolución española” cuando se iniciaban las movilizaciones del 15M. Parece ser que, allí, la prensa lo enfocó de esa manera, pero solo era sensacionalismo barato que aprovechaba la coyuntura de las primaveras árabes, que ahora, a toro pasado, se han convertido en otoños islámicos.

 Aquí no hubo ninguna revolución, ni primavera. Aquí la gente tiene demasiado que perder. El sistema se ha encargado de ello y estamos tan absorbidos que nuestra protesta se limita a colgar fotos y mensajes absurdos en las redes sociales. Nos conformamos con revindicarnos a través de textos como éste, que lanzamos con la misma rabia con la que se lanzan las piedras. Piedras que no romperán nada, que no herirán a nadie. Piedras que no cambian tendencias, y mucho menos gobiernos. Las arrojamos sabedores de que no nos procesarán por lanzarlas, ni serán replicadas con una carga brutal que nos deslome a base de porrazos, por eso las tiramos, y lo hacemos a cara descubierta, con la osadía del que no tiene, ya, nada que perder. Pero no es así, aún tenemos demasiado. Estamos detrás de una conexión ADSL, con la cena en el fuego y la colada a punto de ser tendida. Con el desayuno de mañana en la despensa o dentro de la nevera. Un imán aguanta la nota que anuncia la fecha de la revisión del coche, nota que será inútil, porque el súper móvil nos alertará de la cita en el taller, como nos avisa de que alguien ha pinchado “me gusta” en nuestra última reivindicación de pacotilla.

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