Antiayuda

He pasado cinco semanas en una alquería extremeña, en la que en hora punta éramos dos personas, sin rastro del hombre blanco en kilómetros a la redonda. Quienes allí convivimos, hicimos que, durante el tiempo y en el espacio a compartir, imperara el respeto de cada uno hacia el otro, de cada uno hacia sí mismo, y de ambos hacia el entorno que nos recogía y liberaba. No nos hizo falta imponer normas ni trazar líneas, no nos costó mucho organizarnos. De manera sencilla aplicamos tanto sentido común como nos fue posible y nos concedimos absoluta libertad. No hubo necesidad de ver señales para entender el ciclo natural de la convivencia. Durante las horas de descanso tratábamos de desempeñar actividades que no implicaran contaminación acústica, por lo que yo empleé gran número de ellas en leer y, a la sombra de una higuera, encontré un texto que me permitió reírme del mundo y de la vomitiva e ignorante inteligencia que lo domina.
Dos días antes de partir, Josep Forment, tras una generosa conversación (con él todas lo son), tuvo el detalle de regalarme una de las novedades de no/ficción de Alrevés Editorial; —Cioran. Manual de antiayuda—, de Alberto Domínguez. Es curioso, hace once años, también inicié un viaje durante el que, espoleado por mi buen amigo Juan Sánchez, leí —Breviario de podredumbre—, de E.M Cioran. Entonces era demasiado joven para abrirme a la lucidez, me sobraban horas de sueño. Cualquier sicólogo adepto a la ética establecida hubiera dictaminado que la lectura de Cioran no era recomendable para un chico de veintipocos años, sin miedo a las experiencias narcóticas, que viajaba solo descubriendo el mundo. La visión cioranesca acerca de lo que iba a encontrar podría llevarlo directo a la tiniebla. Pero ¿acaso hay más infierno que la propia vida?. Juan Sánchez sabe que no, por eso son muchos los que le tachan de loco. Al mismo sicólogo conservador le resultaría igual de descabellado recomendar el libro que firma Alberto Domínguez, a un parado de larga duración, metido a artista, que va a pasar más de un mes en relativa soledad, es probable que tras la lectura o durante ella, el elemento acabe atando una soga a una viga. Pero ningún gurú de la psique hurga el coco de los lúcidos, antes de sentarnos en el diván nos suicidamos.
—Cioran. Manual de antiayuda—, es una patada en el culo del sentido de la vida. Un puñetazo al concepto de felicidad. Un adiós a todo lo establecido por decreto o por humanidad, que a fin de cuentas es el mismo engaño. Es como gritar: —¡No me rompan más las bolas!— Es un achuchón para los fracasados, pues de ahora en adelante más fracasados todavía, porque el triunfo es una mierda… pá ti, pá siempre. La responsabilidad y los logros que la acompañan son mentira podrida, —trigo sucio—.
Domínguez, en su ensayo, hace la filosofía legible sin que el lector tenga que repasar cuatro veces cada frase, y lo hace muy… muy lejos de —El mundo de Sofía—, con lo que demuestra mucho atrevimiento si su intención es vender libros. Tampoco creo que este artículo le ayude en absoluto a eso, pero sería injusto, para con el texto y para con su autor, ofrecer una crítica optimista. Aunque quién suscribe estas líneas recomiende la lectura a pies juntillas.
Con el mundo de Domínguez, a diferencia de en el de Sofía, sucede que para entenderlo tienes que haber pasado mucho tiempo despierto, además de respirar bastante irreverencia. Si acabas de cumplir dieciocho años y el sueño de tu vida es seguir soñando y comértelo todo, no leas ni la cubierta, mejor coge el Iphone a ver si tienes notificaciones. Si rondas los cuarenta tacos y —mirar el Faceebook y ver tele— son rutinas incluidas en tu tiempo libre, suicídate. Hazlo ahora mismo. Pero si has abierto los ojos en mitad de la noche y aún no se ha hecho de día, si eres un perdedor lúcido sumido en la desidia y la pereza, la antiayuda es tu religión. Lejos de deprimir, empuja a pasear con la cabeza bien alta, a sentirse titular de una cualidad inútil en el mundo en el que viven los demás, pero que sólo se obtiene a base de inteligencia y sufrimiento, ambas cosas canjeables por sabiduría, y con la que te darás cuenta de que tu fracaso es lo mejor que te puede suceder y que todas las habilidades y triunfos de la vida de los demás son una zanahoria atada a un palo. El único sentido de la vida es morir, y por lo tanto; —el mono que levantó las manos del suelo y echó a andar, la cagó de pleno—. Hay que ser consecuente y volver a subir al árbol a morir en paz. Al pedo con la civilización y la sociedad. Sólo hay que observar a las hormigas para darse cuenta de que nunca lo haremos como ellas. No lo lograremos. De tener que actuar como hormigas nos habríamos convertido en hormigas. Somos seres inferiores, seguimos siendo simios bobos con el concepto de evolución equivocado, y sería más humano no intentar dejar de serlo y seguir haciendo monerías. Llevamos milenios construyendo la misma mentira y lo volvemos a intentar, y ese es el verdadero fracaso, repetir la misma patraña con reglas diferentes. Nos mata creer que la constancia se traduce en logros, pero ni lo uno ni lo otro existe, y de existir no tendrían nada que ver con la felicidad que nos pintan. El intento es el error. Y, seguramente, quienes viven toda su vida atrapados en el cerebro de un niño, sin intentar ni conseguir nada, son los cuerdos, y al resto hay que encerrarlos y tirar las llaves, no vaya a ser que su asfixia sea contagiosa.
—La antiayuda— es el mejor laxante para los que desearíamos ser alcohólicos reconocibles y así no tener que justificar las aberraciones que se nos ocurren, la pesadez que nos invade y el hastío que nos produce cualquier atisbo de organigrama, labor o sociedad. Sólo nos libran del suicidio las risas interiores que nos pegamos imaginando que nuestro arrastrar de pies y nuestra depresión crónica orinan y escupen en el plato de la vida del que la mayoría come y con el que se autoexige.
Si, como es mi caso, preferirías ser Hommer Simpson antes que Amancio Ortega; —Cioran. Manual de antiayuda—, de Alberto Domínguez, hará que lo consigas.

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