YO SOY SAID

Le he dado muchas vueltas a si debía o no publicar esta entrada. Y he dudado porque no conozco a la familia de Said. Said no se llama Said.

A Said, al colegio, va a buscarlo su hermano, que es pocos años mayor que él. No sé si tienen más hermanos. No sé si los padres de Said trabajan. Ni siquiera sé si vive con ellos, o si vive solo con ese hermano, del que no estoy seguro que sea su hermano, y quizá sea un primo.

Said es compañero de clase de mi hijo Víctor, en la Escola Pública Mare de Déu de la Roca, de Mont-roig Del Camp (Tarragona). Ninguna institución pública debería tener un nombre con connotaciones religiosas, y mucho menos una escuela. Supongo que La Roca es un símbolo municipal que va más allá de mi laicismo, y los símbolos no significan nada para quiénes no creen en ellos. Para mí es un nombre y ya está. Dicho esto, me parece que los padres de Said (que seguro que los tiene), como yo, no son cristianos.

Creo que a mi hijo Víctor, Said no le cae bien, y creo que a la mayoría de niños de su clase, tampoco. Lo creo por las sensaciones que el conjunto transmite cuando forman fila antes de entrar a clase. Said siempre está solo, nadie le hace fiesta, ni lo incita entre risas a romper el orden de la fila. Said está ahí quieto con los ojos medio entornados y la cara triste esperando a que la cola se ponga en marcha. Desconozco porque Said no le cae bien a sus compañeros. Desconozco porque está triste, y si puedo hacer algo para que deje de estarlo, o para que le caiga bien a mi hijo y al resto de niños. Pero estoy seguro que ninguno de esos niños es capaz de comprender los motivos que hacen a Said diferente, si es que lo es del resto, de algún modo, sin que los adultos influenciemos en ellos.

Said, tiene cinco años.

A principio del mes de octubre, el área de educación infantil de dicha escuela (la de nombre significativo) pasó una circular en la que instaba a los padres de los alumnos a una colaboración de 10 euros por cada niño, para complementar los gastos derivados por las diferentes fiestas y actividades que se organizan y celebran a lo largo del año. Quiero pensar que los responsables del área de educación infantil conocen el significado de la palabra —colaboración—. Y que también entienden lo que es un eufemismo. Transcurridos alrededor de quince días, tras la repartición de la primera circular, los padres recibimos una segunda circular en la que se nos reclaman los 10 euros, y en la que se nos advierte de que: aquellos niños que no hagan entrega del dinero a su respectiva tutora, no podrán participar en las fiestas y actos, ni beneficiarse de lo que en esos actos se regale, se coma o se beba. Y de ese modo, mediante la segunda circular, convierten la colaboración en una exigencia.

¿Y si yo necesito justificar (aunque sea ante mí mismo) todos mis gastos, me hará la tutora un recibo?

¡Ah!, quizás es por eso que hay que utilizar el eufemismo de —colaboración—, porque la tutora no va a andar firmando recibos, ni la escuela va a caer en el engorro de activar todo el mecanismo burocrático necesario para cobrar el dinero con el que se han de pagar las fiestas. Y puede que al hacerlo haya que establecer un baremo que excluya a algunos niños de pagar ningún importe, y que ese baremo los excluya en favor de integrarlos (qué curioso es el lenguaje). Yo no sé si Said tiene siete hermanos más, o sólo ese que va a recogerlo. No sé si a los padres de Said, esos que no sé quienes son, les sobran los 10 euros, pero debo suponer que si no acceden a colaborar con ellos, es porque no pueden.

Y llegó el primero de esos actos, y Said no había hecho entrega de los 10 euros a su tutora. Y todos los niños se fueron a casa y se llevaron su trozo de celofán con sus tres panellets dentro. Todos menos Said, él no pudo llevarse una muestra de lo que había hecho en clase, porque él no había pagado los 10 euros.

¿Y el día de la castañada, Said no tendrá castañas?

¿Y en navidad el tió no le cagará nada?

¿Y el día de Sant Jordi no tendrá libro?

¿Y en cada uno de los actos que se hagan hasta que se acabe el curso él se quedará fuera de la celebración en todos lo que conlleve recibir un objeto o una muestra de esa fiesta?

¿Celebramos festividades que transmitan nuestra cultura y tradiciones en las que damos pie a que un individuo se vea excluido por un motivo económico?

¿Así enseñamos nuestras tradiciones, cobrando entrada? ¿En una escuela pública?

¿Qué recuerdo y concepto tendrá ese niño de esas celebraciones? Porque Said es sólo eso, un niño.

Me imagino a Said en navidad, en esa navidad que a él le resulta compleja y quizá lejana, lo imagino rezagado en su clase, o escondido para quedarse a solas. Lo imagino cogiendo el palo del tió, y atizando el tronco y levantando la manta. Imagino al niño y su cara triste y sus ojos medio cerrados. Y deseo que exista la magia. Y deseo que los responsables del área, de la escuela, y de la educación, recapaciten sobre lo que estamos haciendo. Y que el tió le cague a Said lo mismo que al resto de compañeros. Ni más ni menos.

Las fiestas, en la escuela pública, y en horario lectivo, las tiene que pagar la escuela a través de la administración. Y si no hay para pagar fiestas, pues no se hacen fiestas. Y las que se hagan con lo que haya, han de ser para todos sin exclusiones. Sin eufemismos ni curiosidades del lenguaje. Y sin cobrar entrada.

A mí pagar los diez euros me venía un poco a contramano (la verdad), y más porqué tengo otro hijo cursando en el mismo centro, a parte de Víctor. Me venía a contramano porque la Generalitat sólo me ha becado el cincuenta por ciento de los gastos escolares que mis hijos me suponen. No sé cuanto le han becado a los padres de Said. Pero si no han colaborado entiendo que es porque tampoco a ellos les iba bien, puede que les fuera peor que a mí. Yo he “colaborado” con esos diez euros, que mi segundo hijo ha duplicado. Y lo he hecho por no excluirlos de esos eventos, temiendo establecer una diferencia que ni ellos ni sus compañeros pueden interpretar sin equivocarse. Porque al negarle los panellets a Said, le estamos diciendo —para ti no. Tú eres pobre, y no tienes panellets, ni castañas, ni te cagará nada el tió. A ti no—. Y Said no lo va a entender ni tiene porqué.

Said tiene cinco años.

No sé qué piensan los padres del niño acerca de todo esto, por eso he decidido no usar su nombre y apellidos, pero os aseguro que los tiene, y que existe. Y yo soy él en este texto. Yo soy Said y tengo cinco años. Y empiezo a saber que soy pobre, y además moro, porque los padres de mis compañeros usan el término con desprecio y a viva voz. Yo soy Said y los he oído (pero ese es otro tema). Es muy probable que ya sepa que soy musulmán, o por lo menos que mis padres lo son. Y empiezo a entender que esas fiestas en las que no me dan nada no son propias de mi cultura, y no lo serán nunca aunque yo haya nacido aquí y conviva entre ambos mundos. No lo serán nunca porque me excluyeron. Me excluyeron porque era pobre.

Yo soy Said.

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