Mis motivos

Escribo un nuevo post en consecuencia a la polémica suscitada tras la publicación de la entrada anterior a esta, en este mismo blog. (Leer Aquí) Y lo escribo para constatar que los hechos narrados son ciertos, por si cabía dudar de que me lo hubiera inventado. Y, a su vez, para defenderme de algunos mensajes que me llegan por vía privada, y que respondo en este cuaderno porque me da la gana. Y decido hacerlo en un texto en el que creo que quedan claros mis motivos para querer cambiar las cosas.

Tras denunciar, yo, el sistema de financiación de las fiestas en la escuela pública en la que cursan mis hijos (a través de de dicha entrada), colgué el artículo en mis redes sociales, y lo enlacé en el grupo de whatsapp de la escuela del que formo parte. Y a su vez lo remití a la dirección electrónica que el centro muestra en su página web. Las primeras reacciones fueron de indignación respecto a la medida, eran personas que desconocían que eso estaba pasando, y a las que, como a mí, les resultaba injusto e intolerable que se discriminara a aquellos niños que no hubieran aportado la cuota de participación en unas fiestas que (no lo olvidemos) se celebran en horario lectivo, y que dicha cuota lleva el disfraz de colaboración, pero es una cuota (tampoco nos engañemos), ya que quién no cumple con ella pierde privilegios respecto al resto. También hubo reacciones contrarias y que apelaban discursos tradicionalistas, y otros que hablaban de inadaptación, y que parecían desoír el detalle de que estamos hablando de niños de entre tres y doce años, a los que no se puede marginar, aunque sea mentira que sus padres no alcancen a cubrir ese importe; aunque sus progenitores sean asesinos en serie; aunque fueran los vástagos del mismísimo diablo. La escuela pública no los puede hacer responsables a ellos, son niños y han de ser tratados en igualdad, porque sus derechos como menores, y la ética de sus tutores, están por encima de ninguna tradición festiva y de la irresponsabilidad de cualquier padre.

Pero lo que más hubo, ese primer día, fue silencio, gente que no se atrevía a opinar, supongo que algunos por no tener la certeza de que eso fuera así, otros porque no se sentían parte de la discusión ni de la alarma, y hubo quién tan solo calló.

La reacción del centro fue rápida (cosa que valoro), me telefonearon a media mañana del viernes: y me mostraron su voluntad de reunirse conmigo para matizar la postura de la escuela respecto a mi texto, la cual se amparaba en que a algunos alumnos se les habían concedido facilidades de pago, y que sólo se había excluido a aquellos que no habían aportado nada. Pero la verdad es que (bajo mi punto de vista) eso no hace mejor a la escuela, ni justifica lo ocurrido. También se me comunicó que se había tomado la decisión de que, esa tarde durante la celebración de la castañada, se repartirían castañas entre todos los niños hubieran pagado o no. Y que la decisión no tenía nada que ver con mi protesta.

En la mañana de hoy, lunes, he acudido a la llamada de la dirección del centro, y debo decir que se han mostrado dialogantes, y que, en parte (con peros y circunstancias), han asumido lo injusto de la medida, y mostrado voluntad de replantearse la misma al valorar las consecuencias sociales que esta produce. Y me ha parecido entender que, de oficio, iban a proponer el tema a debate del consejo escolar (cabe decir que, según me he enterado hoy, ese mismo consejo aprobó la medida hace unos años). La escuela, a través de la dirección, lamenta que mi artículo y su rumor tiren por el suelo toda la labor de acercamiento social que ellos hacen, y que aseguran que no es poca (cosa que no dudo ni discuto, como no lo hago sobre la calidad profesional del profesorado en temas lectivos, pero incido en que, en este asunto, deja que desear). Desde mi óptica, esa labor de acercamiento, encomiable y difícil, la mancilla el consejo que aprueba el impuesto y la marginación de quién no lo pague. Y la mancillan todos aquellos que secundan y llevan a cabo la exclusión, y acatan, y le dicen al niño —para ti, no—, en lugar de decir —no en mi clase—. Le dicen no al niño, cuando deberían decírselo al centro y al consejo que impone una norma socialmente injusta.

La siguiente reacción, en esa mañana lluviosa, fue la del silencio que desapareció rompiendo paulatinamente la calma, y unos rumores fueron atrayendo a otros, y todos juntos pasaron a ser misivas autoconsoladas; a través de ese grupo de whatsapp empezaron a manifestarse muchos de los que habían callado hasta entonces. La mayoría de ellos, (hay quién se ha sumado a mi reivindicación tras constatar que algunos niños se quedaron sin panellets), una mayoría aplastante decía sentir lástima por los niños, pero asumía (con desdén y cinismo en algunos casos) que toda la culpa era de los padres de esos excluidos, y encontraba normal y justo que ellos paguen la consecuencia; siendo su mayor preocupación que sus propios hijos se pierdan las fiestas ante el temor a que no se acaben celebrando si se atienden los derechos de esos otros niños, los de la minoría segregada por el impago de la cuota. Una cuota de legalidad dudosa en una escuela pública, que debe ser ejemplo para todos. La escuela ha de ser ejemplar, siempre.

Y lo cierto es que, roto ese silencio, ya con muchas de las cartas boca arriba, son mayoría las personas a las que no les parece bien mi protesta, es más: a algunas les parece casi peor de lo que me parece a mí que no se le den panellets a Said.

—Con uno que tuviera razón, bastaría— respondió Einstein.

No se trata de si son más los que creen que nada debe cambiar, o sólo unos pocos los marginados. Con uno basta.

Opino que las preguntas que deben hacerse, tanto los docentes como los padres de los alumnos, son dos:

1 ¿Hubo niños que se quedaron sin panellets?

2 ¿A mí me parece justo?

Y esas preguntas deben ser respuestas a sí o no, sin peros ni circunstancias. ¿Sí o no? Las respuestas deben atender a la moral, la ética y los valores de cada uno, y es nuestra responsabilidad actuar en consecuencia. Y no justificarse en si les parece justo a los padres de esos niños, porque puede que sí, que algunos resulten ser demonios, parásitos sociales, despreocupados, o tacaños. Pero nosotros, y la escuela que queremos y nos representa debe demostrar su pluralidad y preocupación por el conjunto, y asumir unos principios que se presumen básicos. Y no permitirnos culpar a niños de muy pocos años de las faltas individuales de otros, aunque sean sus padres, no se debe caer en la discriminación justificada, porque al hacerlo nos estamos fallando a nosotros mismos, y mancillando todo el trabajo de acercamiento que la escuela hace, y que al parecer no es poco.

Expuesto todo esto. Emito públicamente mi decisión de elevar mi protesta mediante el procedimiento que corresponda, y ante el ente que competa para que se sume a ese debate que, sino he entendido mal, la dirección del centro piensa abrir en el consejo escolar. El resto de mis acciones no se harán públicas ni a través de este blog, ni en ninguna de las plataformas en las que me expreso con asiduidad, y mediante las que, en numerosas ocasiones, he manifestado inquietudes políticas y desafecciones de carácter social, acaecidas lejos o cerca de mi entorno privado, sin que esta haya sido una excepción. Si me reservo de volver a comentar acerca de este tema en esos mismos canales, es porque he visto predisposición por parte de la escuela para solucionar el problema. Pero no dudaré en volver a manifestar públicamente mis desavenencias cuando éstas estén motivadas por un caso de discriminación como el que nos atañe. Estos matices son en respuesta a un mensaje privado en el que se me acusa de defender una causa que no me pertenece. Pienso defender todas las causas en las que un organismo público que me representa, y del que soy parte, atente contra los derechos de cualquier persona, mas si ésta también es parte de ese organismo y no se puede defender porque tiene cinco años.

Esos son mis motivos.

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